"No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el INSTANTE, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí." Ernesto Sabato
jueves, 6 de diciembre de 2012
San Salvador – No me refiero en forma exclusiva al sicario, al profesional contratado para matar. Me refiero al asesino que muchos salvadoreños llevan dentro de sí: desde el señor que mata al vecino por problemas de parqueo vehicular, pasando por el conductor temerario, hasta el criminal más profesional.
Vistas así las cosas, las armas no son todo el problema, sino tan solo una parte. Por supuesto, perogrullada es decirlo, la industria armamentística es una de las principales causas de miles de muertes en el mundo. El tráfico de armas hace más bestial esa realidad.
Pero, ¿cuál es el punto de mi argumentación? Lo que quiero decir es que el acto de matar o de provocar la muerte, en El Salvador, se ha vuelto casi un oficio. Un arte en el que no es imprescindible empuñar una pistola o metralleta.
Para generar muerte basta con que un irresponsable empresario del transporte público no invierta en el adecuado mantenimiento de buses y microbuses. Basta con que el motorista del microbús llene el medio de transporte hasta reventar y circule a excesiva velocidad, cruzándose la luz roja de los semáforos.
Basta con que el conductor de un carro sedán intente cambiar de carril, tal maniobra podría terminar en tragedia si el incivilizado que conduce un pick up mastodonte —o el autobús, que es puro hierro— arremete en forma violenta contra la maniobra del carro pequeño. También: basta con que el señor o la señora conduzcan, a sus anchas, con el teléfono celular colgado al oído.
El asesino que llevan dentro no discrimina entre sexo, educación ni condición social. Para muestra un botón: la familia Díaz queriendo hacer polvo, sobre la avenida Jerusalén, a un camarógrafo y una periodista. O la empresa de baterías Record llenando —es decir, matando— con plomo a los habitantes de San Juan Opico.
¿Es cultural? ¿Se lleva en la sangre? ¿Son los valores? Es un poco de cada cosa. Es la pobreza, también la idiotización que produce la riqueza. Son las respuestas violentas al medio, pero también la falta de tolerancia, de escucha. Es el ajetreo de una sociedad que desgasta, excluye y enferma, pero también tiene que ver la decisión personal de no instruirse, no cultivarse, no culturizarse. ¡Son los programas violentos de la televisión! Hasta cierto punto, quizá, pero también tiene que ver con la irresponsabilidad paterna de no regular lo que sus hijos ven y hacen.
Todos los elementos juegan a la vez. La fórmula (1) sistema económico que genera profundas desigualdades, más (2) una sociedad que no educa, fundamentalmente, en el diálogo, la escucha y la tolerancia, más (3) una cultura en la que se aprende que quien sobrevive es el más fuerte, el “más listo”, el “abusado”, el que está “en la jugada” produce resultados nefastos para cualquier sociedad humana.
Y quizá lo más aterrador de nuestras vidas no radique en que nos hemos acomodado, ¡perfectamente!, al oficio (la cultura) de matar, sino en que nuestras existencias viven plácidamente (en medio del ruido y la violencia) el oficio de morir.
JULIÁN GONZÁLEZ TORRES
Publicado en ContraPunto:http://contrapunto.com.sv/columnistas/el-oficio-de-matar
jueves, 5 de julio de 2012
NO EXISTEN LEYES DES-INTERESADAS
Quisiera reflexionar en torno a un error bastante común en nuestros días, y en el cual suelen incurrir desde el “sencillo” estudiante hasta el “profesional” más honrado. Me refiero al hecho de creer que en El Salvador de hoy en día es legítimo, necesario y/o ético defender “La” Constitución, “La” Democracia, “El” Estado de derecho, o, en todo caso, “La” Sala de lo Constitucional. Así, como si estas fuesen entidades neutrales en materia de intereses y sesgos ideológicos. ¡Como si en la esfera de la política las instituciones/leyes estuvieran descontaminadas de los intereses de grupo! En realidad, quienes así piensan son ingenuos o están alienados.
Perogrullada es señalar que Estado de derecho no significa lo mismo para la ANEP y sus secuaces, el pulcro catedrático universitario, una institución como el ISDEMU y, por mencionar otro ejemplo, para las pandillas MS y 18. Para los señores del gran capital, Estado de derecho se resume en un solo principio: respeto absoluto e incuestionable al marco jurídico que respalda al sistema económico capitalista. Para el ISDEMU, tendría que ver, probablemente, con la necesaria instauración de una sociedad con igualdad de oportunidades para hombres y mujeres. El ingenuo catedrático quizá siga creyendo-enseñando que se trata de un lugar neutral, puro, desinfectado de intereses, ideologías y valores de todo tipo. Para las pandillas, el Estado de derecho tal vez sea poco más que un buen chiste.
Todo lo anterior nos lleva a un punto medular para la reflexión crítica: el lugar social desde donde se crean y/o defienden las leyes e instituciones. Hay una frase de Marx que quizá encaje perfectamente con este análisis: “El molino movido a brazo nos da la sociedad del señor feudal; el molino de vapor, la sociedad del capitalista industrial”. Yo pregunto a aquellos que se rasgan las vestiduras por “La” Constitución o “La” Democracia, ¿el análisis de nuestras leyes/instituciones qué tipo de sociedad nos da? Con más hondura: ¿qué tipo de sistema económico avala/defiende “nuestra” Carta Magna? Creo que respalda al sistema económico que diariamente enriquece hasta la obscenidad a unos pocos y condena a la miseria a gran parte de la humanidad.
El poderoso capitalista salvadoreño goza hasta la saciedad cuando el común de los guanacos (algunos no tan comunes) vocifera que la principal amenaza para “la institucionalidad” del país son los partidos, en especial el FMLN. Evidentemente, todos los partidos, sin excepción alguna, ponen en juego sus intereses en el amplio campo de la política salvadoreña. Después discutimos qué tipo de intereses persiguen. El punto es que los hay, y de todos los colores.
Pero una cosa es constatar que tanto ARENA, GANA, el FMLN, la ANEP y FUSADES tienen intereses sociales, económicos y políticos; y otra cosa muy distinta es afirmar que son los partidos, y en especial el FMLN, quienes tienen amenazada “La” Constitución del país. Esto, en última instancia, solo favorece a ARENA y la ANEP. Un análisis más completo y realista debe abarcar a la mayor parte de los actores sociales. Los empresarios más acaudalados de El Salvador no son angelitos de Dios. Abunda la miopía en la población salvadoreña.
Por lo tanto: ¿Cuál es el camino “más sensato”? ¿Hacer berrinches por un marco jurídico que, dicho a grandes rasgos, hace más por el gran capital que por las famélicas empleadas de las maquilas, o por la seguridad y bienestar de los trabajadores? ¿Cuál es el sentido de defender una Constitución (1983) que, en gran medida, fue obra del partido ARENA, a cuyo principal fundador, Roberto D’Aubuisson, se le vincula con los Escuadrones de la Muerte?
Marx habló de la enajenación. Una parte interesante de este hecho social consiste en creer, a ciegas, que al defender los intereses de la clase dominante, estoy defendiendo mis intereses; el individuo alienado es incapaz de reconocer su lugar social, cree que al salvaguardar las ideas y las prácticas del poder dominante está velando por sus fines personales. Muchos de los que actualmente sufren con la Corte Suprema de Justicia, en realidad padecen la calentura del gran empresariado salvadoreño. Y aquí no se ha analizado la ética de los actores políticos, apenas estamos reflexionando a partir de un postulado sociológico fundamental: no existen leyes o marcos jurídicos que se instauren al margen de los intereses de clase, grupo o poder. Toda ley está preñada de intereses, sesgos ideológicos y complicadas relaciones de poder.
Por lo tanto, habría que pensar si a caso no se es más digno o auténtico si en lugar de hacer rabietas por la situación que está viviendo el Poder Judicial, más bien reflexionamos críticamente a fin de atisbar dónde está en realidad el núcleo de los problemas estructurales de este país. Y, quizá lo más importante, imaginar leyes e instituciones no des-interesadas; al contrario, cargadas de intereses, pero en favor de una vida humana digna, abundante y buena para todas y todos. Un análisis crítico de la pobreza, violencia y destrucción ambiental en todo el mundo nos alecciona, con una claridad contundente, que la mundialización del capitalismo no ha producido bienestar a la mayoría de la humanidad. Por tanto, ¿no estaremos errando al defender un marco jurídico que la misma ANEP defiende a capa y espada?
Algunos pensaran que aquí se está defendiendo el relativismo extremo. Yo diría que acá no estamos hablando de otra cosa más que de la constitutiva historicidad de las instituciones humanas. Ni las Constituciones ni los Estados de derecho han salido de las ramas de los árboles. En todo momento poseen esa “natural” disposición a ser revertidos.
En conclusión, ¿somos libres para repetir añejos y alienantes esquemas jurídicos, bien “reguladitos” por el ominoso poder capitalista, o para crear formas realmente alternativas desde y para los más violentados de la humanidad?
JULIÁN GONZÁLEZ TORRES
Publicado en el periódico digital salvadoreño ContraPunto: http://contrapunto.com.sv/colaboradores/no-existen-leyes-des-interesadas
miércoles, 16 de mayo de 2012
LA IMAGEN DEL SER HUMANO EN LA POSMODERNIDAD.
Semana del 14 al 18 de mayo de 2012.
I. Y bien, estimadas alumnas y alumnos, hemos arribado al tema de la Posmodernidad, específicamente a la pregunta de cómo se conceptuó al ser humano o a la humanidad con el advenimiento de la Posmodernidad. Vamos, por tanto, a entrar en materia. Pero no olviden que estas notas son, en esencia, tan sólo apuntes, en virtud de lo cual las ideas corren el riesgo de quedar abiertas, es decir, no exactamente definidas o delimitadas como quisiéramos. No obstante, en honor a José Ortega y Gasset (1883-1955), quien afirmaba que la cortesía del filósofo es la claridad, procuraré hablar con cierta claridad.
II. Quiero, en primer lugar, provocarles una reflexión crítica con el siguiente fragmento de Friedrich Nietzsche (1844-1900), el cual he extraído de su obra La gaya ciencia:
“¿No habéis oído de aquel hombre loco que una luminosa mañana encendió un farol, corrió al mercado y se puso a gritar incesantemente: «¡Estoy buscando a Dios!, ¡estoy buscando a Dios!»? Justo allí se habían juntado muchos de los que no creían en Dios, por lo que levantó grandes carcajadas. ¿Acaso se te ha extraviado?, dijo uno. ¿Se ha perdido como un niño?, dijo otro. ¿O es que se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se ha embarcado?, ¿habrá emigrado?: así gritaban y se reían todos a la vez. El hombre loco se puso de un salto en medio de ellos y los taladró con sus miradas. «¿A dónde se ha marchado Dios», exclamó, «¡os lo voy a decir! Lo hemos matado, ¡vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos! Pero ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hemos hecho cuando hemos soltado la cadena que unía esta Tierra con su sol?”. (F. Nietzsche, La gaya ciencia, EDAF, Madrid, 2002, p. 209).
Infinitas preguntas atizan nuestro intelecto: ¿Fue Nietzsche un filósofo posmoderno? ¿La Posmodernidad mató a Dios? ¿La Posmodernidad es cosa de “hombres locos”? ¿Para la Posmodernidad Dios está muerto? ¿Qué pasó con Dios en la Posmodernidad?
III. Pero los invito a hacernos esta otra pregunta: ¿Por qué iniciar con Nietzsche el tema de la Posmodernidad? Respondiendo ésta, daremos respuesta a las otras, o, por lo menos, a algunas de las otras. Pues bien, por qué iniciar con Nietzsche. Ante todo, debe quedar claro que en ese texto nietzscheano Dios es sinónimo de fundamento filosófico, en sentido estricto: sinónimo de fundamento metafísico. Pero, ¿qué significa eso de fundamento metafísico? Respondamos esta pregunta en tres pasos, para luego volver a la interrogante anterior.
(1°.) Ustedes deben tener claro que Nietzsche, como filósofo, tenía un objetivo muy bien definido: efectuar una crítica radical a toda la filosofía que se había venido realizando desde tiempos de Sócrates; entre otras razones, porque Nietzsche consideraba que casi todo el pensamiento filosófico producido desde los griegos hasta la modernidad no había sido más que una pésima negación de la vida, es decir, la vida concreta de los individuos, con sus contradicciones, traumas, dolores, felicidad, angustias, miedos, etc. Nietzsche es un gran crítico de Sócrates y Platón, por ejemplo. Los acusa de ser los grandes despreciadores de la vida. Al respecto, les sugiero el libro Crepúsculo de los ídolos.
(2°.) Nietzsche cree que con el advenimiento del Cristianismo los filósofos situaron al Dios cristiano como el fundamento (principio) último de todo lo existente; es decir, para el pensamiento filosófico Dios se convirtió en el fundamento de todo lo real y verdadero. A esto nos referimos cuando decimos que Dios es sinónimo de fundamento metafísico. Y con la llegada de la modernidad, aun cuando el mundo fue cobrando cada vez más un marcado antropocentrismo, según lo estudiamos la semana pasada, lo cierto es que los hombres de la Modernidad no renunciaron a la idea de Dios como “garante último” de un mundo al cual el hombre aspiraba a conquistar mediante la ciencia y la técnica. Esta idea la desarrolla el filósofo Juan Antonio Estrada en los siguientes términos:
“Los sistemas metafísicos unitarios y cerrados del pasado están marcados por el pensamiento de la identidad. Son sistemas globales referidos a un principio único (Dios, el ser), que sirve, al mismo tiempo, de fundamento y origen. Las metafísicas tradicionales son sistemas unitarios vinculados a un principio original y extramundano, que no se identifica necesariamente con ningún ente singular concreto…”. (Juan Antonio Estrada, Imágenes de Dios, Trotta, Madrid, 2003, p. 268).
En síntesis, para la Modernidad el mundo era un lugar seguro, un terreno fértil para las certezas. El hombre estaba convencido que podría alcanzar el progreso mediante el desarrollo de las ciencias.
(3°.) En definitiva, para Nietzsche casi toda la filosofía occidental ha descansado sobre el principio de que Dios es la fuente de la existencia, el sentido del mundo y la verdad de las cosas. La filosofía, según Nietzsche, ha hecho de Dios el principio unificador de todo lo existente. Ahora sí podemos empezar a entender el porqué iniciar el tema de la Posmodernidad con Nietzsche: si Dios se convirtió en el fundamento metafísico de todo lo existente, su muerte (es decir, la muerte de Dios) significaría el advenimiento o la aparición de una época histórica en la que no habría un fundamento último que unifique y de sentido al mundo en su conjunto; más bien sería una época en la que predominaría la fragmentariedad de las cosas, lo finito, lo fugaz, la incertidumbre, la pluralidad de razones/fundamentos, lo efímero, lo diverso, los dialectos, etc. Es decir, no habría un principio que unifique y le dé sentido al mundo, como en la Edad Media y durante la Modernidad; de ahí las enigmáticas palabras de Nietzsche: “¿Qué hemos hecho cuando hemos soltado la cadena que unía esta Tierra con su sol?”. En conclusión, arrancamos con Nietzsche porque este filósofo tuvo la agudeza intelectual para avizorar o intuir el advenimiento de la época posmoderna. Pasemos, por tanto, al meollo de la cuestión.
IV. Nuestro tema es “La imagen del ser humano en la Posmodernidad”. Traducido a pregunta quedaría así: ¿Cómo se conceptuó al ser humano a partir de la Posmodernidad? No obstante, quizá valga la pena resolver primero esta otra: ¿Qué entenderemos por Posmodernidad? La clave filosófica para entender dicha época histórica nos la ha dado ya Nietzsche: la Posmodernidad sería un momento de la historia occidental, cuya nota principal consistiría en el sentimiento generalizado de que el mundo, la vida, o la existencia humana en general, no tiene a su base un principio-fundamento que la unifique y le dé sentido; por el contrario, primaría la noción de mundos, culturas, voces, pluralidad, heterogeneidad, diferencias, el vacío, lo efímero, lo pasajero, el hedonismo, el nihilismo, etc. Ahora bien, aquí es importante tener presente la diferenciación que el sociólogo George Ritzer hace entre “posmodernidad” y “posmodernismo”. Posmodernidad, en sentido estricto, sería esa época histórica que surge cuando se acaba la Modernidad; mientras que posmodernismo haría referencia a aquellos productos culturales (cine, televisión, moda, arte, consumo, etc.) que, en principio, pretenderían ser una superación o sustitución del mundo cultural moderno. (George Ritzer, Teoría sociológica moderna, McGrawHill, Madrid, 2002, pp. 578-583).
V. En conclusión, en la Posmodernidad el ser humano es conceptuado como un individuo des-centrado, desarraigado, es decir, sin un principio metafísico (Dios, el “yo pienso” de Descartes, la idea de progreso, etc.) que le de unidad y sentido a su existencia. Se considera, como bien advierte Vattimo, que no hay un modelo de ser humano que todos los grupos humanos deban compartir y seguir; tampoco habría una cultura única desde la cual se unificarían los patrones culturales de las diversas sociedades; así también, desaparecería la idea de una historia con mayúsculas, como un centro desde el cual cobrarían sentido todas la acciones de la humanidad, tanto pasadas, presentes como futuras. Por lo tanto, en la Posmodernidad no habrían principios eternos o inmutables desde los cuales comprender al ser humano; todo en el ser humano se torna mutable, pasajero, incierto; el sentido de la vida será aquel que cada individuo o grupo humano decida darle, más allá de eso sólo habría vacío, soledad y sinsentido. Suele decirse que durante la Edad Media predominó el teocentrismo, mientras que en la Modernidad primó el antropocentrismo; pues bien, la Posmodernidad estaría caracterizada por un nihilismo, entendiendo este concepto en el sentido de que no existen grandes principios desde los cuales darle sentido a la realidad, al ser humano y a la verdad. Todo en el mundo sería contingencia. Nada más.
VI. Ahora bien, es importante que respondamos esta última pregunta: ¿es acertada esa visión del ser humano en la llamada Posmodernidad? Diremos que es acertada sólo hasta cierto punto. Veamos por qué.
En primer lugar, esa imagen del ser humano, con todo y lo crítica que se quiera, continúa estando lastrada por la tradición filosófica eurocéntrica, es decir, tal manera de conceptuar al ser humano sigue siendo heredera de una tradición de pensamiento típicamente europea; en este caso en específico, de un pensamiento que afirma que se ha pasado de una época Moderna a otra Posmoderna. En síntesis, sigue siendo una perspectiva eurocéntrica, aun cuando procura presentarse como un pensamiento “emancipador y liberador”, en palabras de Vattimo. Dicho en otros términos: pueda que para algunas sociedades europeas, en efecto, Dios haya muerto; pero basta con echarle una mirada a América Latina para constatar que dicho continente es, quizá, uno de los espacios geográficos donde Dios sigue más vivo que nunca. Pongo este ejemplo libre de entrar en valoraciones de si esto es bueno y aquello es malo o viceversa.
En segundo lugar, ciertamente, como bien apunta Vattimo, la época posmoderna ha abierto espacios que han permitido el surgimiento de nuevas voces, de nuevos “dialectos”; expresiones racionales y culturales que antiguamente se veían sometidas u oprimidas bajo un único esquema de pensamiento político, cultural y antropológico. No obstante, en términos político-económicos no es cierto que haya suficientes espacios para proponer, sugerir, construir o fundar alternativas al modo de producción capitalista. Estamos ante una configuración mundial de poderes políticos, culturales y económicos, según la cual no hay alternativas a dicho sistema económico. La globalización del sistema capitalista se impone y no deja espacios para planteamientos alternativos. De tal manera que no sería tan cierto que ya no estamos ante grandes principios (metafísicos) que ordenen y configuren un modo propio de ser humanos.
En realidad, habitamos un mundo donde se privilegia al sujeto consumista, individualista e insolidario, cínico, irrespetuoso de la vida humana y de los recursos naturales sin los cuales sería imposible que continúe existiendo vida humana. Habitamos un mundo donde el modelo de ser humano a seguir es aquel caracterizado como exitoso. Aun cuando ese éxito implique mayor contaminación y destrucción de la naturaleza; colocar la acumulación de riquezas por encima de la vida humana concreta; legitimar un modelo de democracia a través de invasiones, guerras y supuestas luchas contra el terrorismo; caer en el consumismo que garantiza el desplazamiento “infinito” de “infinitas” mercancías; potenciar la actitud cínica, la corrupción y el pensamiento acrítico; alentar a los individuos a ponerle zancadilla a los demás; cultivar la “vivianada”, donde el más listo (el “más inteligente”) es quien se aprovecha de los demás, quien hace el menor esfuerzo, quien más trampa hace; en fin, aquél individuo sin escrúpulos motivado exclusivamente por sus aspiraciones personales, sin poner mayores reparos a acciones inmorales o poco éticas, desde la aparentemente tan simple como hacer trampa en un examen, hasta las más complejas como robar descaradamente del erario público. Y este tipo de individuo se potencia desde la familia, pasando por la escuela, las universidades, las empresas, incluso, en las mismas iglesias. De manera que, al no ser consciente de esta parte de la realidad, el pensamiento posmoderno podría caer en el error de legitimar esos modos de configurar al individuo humano.
En tercer lugar, tampoco es tan cierto que ya no exista una cultura desde la cual se configure la vida cultural del resto de grupos humanos. En realidad, habitamos un mundo en el que una buena porción de la humanidad está modulada por la misma industria alimenticia, los mismos productos culturales (cine, televisión, música, moda, etc.), las mismas marcas, los mismos destinos turísticos, en fin, más o menos, el mismo estilo de vida.
En cuarto lugar, debemos ser críticos del pensamiento posmoderno, ya que, en buena medida, potencia el desencanto, la desesperanza y el cinismo, puesto que, al parecer, ya no tiene mucho sentido apelar a grandes principios que le den significado y horizonte a la historia humana. Debemos estar alertas y ser críticos ante eso. Y aquí recordemos nuevamente la divisa de Horkheimer: “no asumir nunca que las cosas son así como por naturaleza”. Ciertamente, estamos conscientes que habitamos un mundo donde parece que nada es seguro; donde la vida se nos torna más líquida (como diría Zygmunt Bauman); donde los constantes avances de la ciencia, la técnica y el mercado nos dejan como “pasmados”, puesto que lo que ayer era hoy ya no es, lo que ayer era verdadero hoy ya no lo es, etc. Pero también es verdad que al ser humano le son constitutivos valores como la libertad, la necesidad de sentido, la esperanza, la justicia, etc. De manera que sólo ejerciendo el pensamiento crítico podremos avanzar en el esclarecimiento de lo que es el mundo, la vida y el ser humano mismo.
Por último, en quinto lugar, si es cierto que estamos viviendo en la Posmodernidad, se tratará, en última instancia, de una Posmodernidad a medias, puesto que hoy por hoy no hemos renunciado a principios que fueron conquistados y/o ratificados durante la Modernidad: libertad, verdad, ciencia, progreso, autonomía, derechos humanos, etc.
VII. Y bien, aquí “terminamos”, estimados estudiantes, nuestro apretado recorrido histórico, en el cual hemos procurado atisbar, a grandes rasgos, por supuesto, qué tipo de concepciones en torno al ser humano han predominado a lo largo de la historia de la filosofía. La pregunta que en seguida se nos impone es esta: ¿pero qué es el ser humano? Por lo pronto, lo único que podemos decir es que el ser humano es un Individuo que procura hacer su vida en Sociedad; se considera un ser que posee Libertad; pero que también es Praxis; que se siente como el resultado de dos mundos: el Biológico y el Cultural; y, por supuesto, que se sabe atrapado por las redes del Lenguaje. Con esto hemos llegado a la parte temática del curso, la cual iniciaremos la próxima semana. Hasta la próxima, entonces.
JULIÁN GONZÁLEZ TORRES.
miércoles, 9 de mayo de 2012
LA CONCEPCIÓN DEL "HOMBRE" EN LA MODERNIDAD.
Una síntesis desde René Descartes (1596-1650).
1. El alumno no debe perder de vista que en este momento del curso estamos tratando de comprender, desde una perspectiva histórica, cómo el mundo occidental, desde los griegos a la llamada posmodernidad, ha conceptuado al ser humano. Evidentemente, se trata de un objetivo sumamente pretencioso; no obstante, es indispensable que en un curso de esta naturaleza tengamos un panorama de las concepciones en torno al ser humano que han predominado en occidente.
2. En ese sentido, en la clase recién pasada (lunes 7 de mayo de 2012) ustedes analizaban la "Cuarta Parte", del Discurso del Método, de René Descartes. Es muy probable que muchos de ustedes se preguntaran: ¿y a qué viene esto?, ¿cuál es el sentido de este texto?, ¿qué tiene que ver René Descartes con nuestra clase?, ¿qué lenguaje más extraño el de este escrito? En fin, las preguntas se pueden multiplicar hasta el infinito. Pero la pregunta fundamental es: ¿por qué Descartes? Vayamos, entonces, al asunto de la cuestión.
3. Por hoy, nuestro tema central es "La concepción del "hombre" en la Modernidad". Pues bien, entremos en materia. Época Moderna, Edad Moderna, Modernidad o Mundo Moderno son términos que ustedes encontrarán en cualquier libro de historia, política, sociología, economía, etc. Pero, ¿qué significa? En esencia, se considera que la Modernidad es una época histórica anclada sobre el principio de que el hombre mediante sus solas facultades podía "descifrar" y "conquistar" el mundo, la naturaleza, en fin, las cosas. Ahora bien, es muy probable que algunos de ustedes piensen: "pero el ser humano desde antiguo se ha visto en la necesidad de conocer y dominar la naturaleza". Ese pensamiento es verdadero sólo hasta cierto punto. En la Modernidad el sentido del "descifrar" y "conquistar" presentará un cambio radical. Tratemos de comprender estas ideas del descifrar y el conquistar, y luego vemos qué tiene que ver el pobre René Descartes con todo esto.
4. ¿Descifrar qué? Pues la naturaleza. El hombre moderno manifiesta una tremenda confianza en cuanto a conocer los secretos de la naturaleza; unos secretos que se traducirían en leyes o principios. Dirán algunos: ¿pero es que no había ciencia durante la Edad Media? En realidad, ciencia tal y como hoy la entendemos, no. La ciencia moderna, nuestra ciencia moderna, en buena medida es el fruto del trabajo de investigadores como Galileo Galilei (1564-1642) e Isaac Newton (1643-1727). Por supuesto, el mismo René Descartes tiene un lugar en ese "santuario", ya lo veremos. De manera que, como ya se habrán dado cuenta, el descifrar el mundo supone el empleo de una razón científica, ésta sería la indicada en la ardua tarea por hurgar y conocer cuáles son los principios fundamentales que constituyen al mundo. He aquí una novedad radical: ¡Tenemos ciencia! Esta es, pues, une elemento constitutivo de la Modernidad. Ahora bien: ¿solamente descifrar la naturaleza? ¿no habría algo más que descifrar? Pues una vez instaurado el principio de que la razón del hombre es el principal medio para conocer el mundo, a partir de allí surgirán nuevas disciplinas científicas, las cuales convertirían en objeto de estudio no los hechos de la naturaleza, sino las relaciones sociales y culturales, es decir, el gran campo social y cultural. Surgirán saberes como la Economía, la Antropología y la Sociología. Este impulso científico del mundo moderno tendría tremendas consecuencias para la humanidad, más adelante haremos algunas anotaciones al respecto. En definitiva, pues, no solamente se buscará descifrar "los misterios" de la naturaleza, sino también los principios o leyes que rigen el mundo humano. Y el principio fundamental detrás de todo es el concepto de razón, entendida como facultad humana que permite conocer y conquistar el mundo. Así, el hombre moderno estaba listo para la "conquista del mundo". Ciencia y técnica constituyeron dos factores poderosos. Luego vendría la instauración del modo de producción capitalista.
5. Pero, ¿no hay algo más? Por supuesto que sí. La ciencia, con toda y su enorme importancia, sólo fue un componente más de la Modernidad. Otro aspecto importante de la época es que el hombre, en forma paulatina, fue tomando distancia de Dios. La Modernidad significó un distanciamiento de Dios. Ahora bien, esto debe entenderse en su justa dimensión. En primer lugar, esa afirmación no significa que Dios haya dejado de ser una parte importante en la vida del hombre; tampoco significa que los hombres, como por arte de magia, de un día para otro se volvieron ateos. Immanuel Kant (1724-1804), figura indiscutible de la Filosofía Moderna, fue un gran creyente. Mientras que, por otro lado, la creencia en el derecho divino de los reyes no empezaría a resquebrajarse profundamente sino a partir de las revoluciones atlánticas (estadounidense, francesa y española). Entonces, ¿a qué nos referimos con Distanciamiento de Dios? En primer lugar, y retomando lo planteado en el apartado 4, significa que la creencia en el Dios cristiano no impide afirmar que el hombre tiene la llave (es decir, la razón científica) para conocer el mundo. Dios es y el mundo es por obra y gracia de Dios, pero esta afirmación no anula esta otra: el hombre puede y debe conocer los secretos del mundo. La ciencia moderna se declara enemiga no de Dios, sino de la ignorancia y la superstición. En segundo lugar, ese distanciamiento respecto de Dios tiene que ver con el hecho de que, en términos socio-culturales, diversas dimensiones de la vida humana, no sólo la científica, cobraron protagonismo y autonomía. Es decir, el hombre como ser pensante y actuante comienza a cobrar mayor protagonismo en la esfera científica, artística, política y filosófica. No es que no haya habido protagonismos durante la Edad Media; pero, si hemos de expresarlo en una terminología metafísica, entonces habría que decir que en la Modernidad el hombre le roba densidad metafísica a Dios, y el hombre, el yo autónomo y pensante, cobra una relevancia metafísica de la que no había gozado antes. Para entender mejor las ideas: si la Edad Media fue una época esencialmente teocéntrica; la Modernidad se caracterizó por su antropocentrismo, Dios siguió siendo un referente importante, pero el hombre cobró mayor protagonismo. En tercer lugar, ese distanciamiento de Dios en términos de investigación científica, producción artística y elaboración de pensamiento se vio compensado, podríamos decir, por la adopción de una creencia religiosa de corte más intimista, es decir, se arriba a un tipo de relación Individuo-Dios, de manera que más allá de esa relación, el mundo está disponible para ser conocido y conquistado. En este cambio de paradigma tuvo mucho que ver la Reforma luterana.
6. Finalmente, además de la ciencia y ese relativo distanciamiento humano de Dios, hay otro dato que fue de importancia radical para la Modernidad: la noción de Individuo y sus Derechos. Por supuesto, en esta visión tuvo mucho que ver la concepción cristiana de dignidad humana. Pero el asunto es que en la Modernidad el Individuo, como elemento medular de la vida social, cobró un rol de primera importancia. Luego de las revoluciones estadounidense (1776) y francesa (1789), la reivindicación del Individuo y sus Derechos fue un elemento crucial para la vida política moderna. A propósito del surgimiento del Constitucionalismo moderno, el estudioso Nicola Matteucci expresa lo siguiente:
"… el moderno constitucionalismo debe dar mayor consistencia cultural a sus argumentaciones si quiere triunfar, pero sobre todo debe asumir el nuevo individualismo y antropocentrismo, que rompe el vínculo orgánico que un tiempo constreñía el individuo a la comunidad en un orden trascendente. Se subraya la dignidad del hombre, con su visión terrenal de la vida y de los problemas que debe resolver usando las nuevas ciencias mundanas, con su orgullo y optimismo frente a un mundo listo para ser conquistado y capaz de instaurar el regnum hominis en la tierra. Por ello, en el plano constitucional se va fortaleciendo la defensa del individuo, único y solitario protagonista de la vida ética y económica frente al Estado y a la sociedad, en la medida en que éstos paralizan y obstaculizan su libertad; una defensa que culmina en las declaraciones de los derechos del hombre y del ciudadano". (Nicola Matteucci, Organización del poder y libertad. Historia del constitucionalismo moderno, Trotta, Madrid, 1998, p. 36).
7. En definitiva, pues, tenemos tres elementos: ciencia, un marcado antropocentrismo y la noción de individuo y sus derechos. Ahora bien: ¿se agota en estos elementos la Modernidad? Por supuesto que no. Se trata de la selección de sólo un par de ideas para que tengamos una idea de eso que hoy llamamos Modernidad. Pero: ¿qué tiene que ver Descartes en todo esto? Pareciera que nos hemos olvidado de Descartes, pero no es así, vayamos a la cuestión.
8. ¿Por qué nos interesa Descartes? En primer lugar, porque Descartes es claro y contundente al afirmar que el fundamento de la vida del hombre es la razón. En esencia, el hombre para Descartes es una cosa que piensa, una sustancia pensante, es la "res cogitans". Pero, cómo llega Descartes a esa constatación. En realidad, el autor parte de un principio metodológico: la duda. Es decir, pone en duda (1) lo que había aprendido con sus estudios; (2) lo que había asimilado por la tradición y las costumbres; (3) los conocimientos que se obtienen mediante la experiencia sensible; (4) en definitiva, duda de toda la realidad, es aquí donde se apoya en la existencia de los sueños: ¿acaso no cuando soñamos nos parece que estamos insertos en la "verdadera realidad? ¿Dónde está entonces el criterio que diferencia la realidad de la ilusión (del sueño)? Dice Descartes:
"Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esta suerte, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: "pienso, luego soy", era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando". (René Descartes, Discurso del método, Espasa-Calpe, Madrid, 1968, pp. 49-50).
En realidad, para Descartes, no sólo se trata del "primer principio de la filosofía...", sino el principio de toda la existencia humana, es decir, ese principio es a la vez metafísico, epistemológico y antropológico. Así enfatiza Descartes su pensamiento:
"Examiné después atentamente lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo alguno y que no había mundo ni lugar alguno en el que yo no me encontrase, pero que no podía fingir por ello que no fuese, sino al contrario por lo mismo que pensaba en dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía muy cierta y evidentemente que yo era, mientras que, con sólo dejar de pensar, aunque todo lo demás que había imaginado fuese verdad, no tenía ya razón alguna para creer que yo era, conocí por ello que yo era una sustancia cuya esencia y naturaleza toda es pensar, y que no necesita, para ser, de lugar alguno, no depende de cosa alguna material; de suerte que este yo, es decir, el alma por el cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo y hasta más fácil de conocer que éste, y, aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de ser cuanto es". (René Descartes, Discurso del método, p. 50).
Estamos, pues, ante un tipo de razón moderna desencarnada, que puede ser (es decir, tiene existencia) al margen de la corporalidad humana. Y esta es, justamente, la segunda razón por la que nos interesa Descartes. Descartes reivindica, nuevamente, la racionalidad del individuo como la esencia de lo humano, pero a costa de colocar lo corporal y los sentidos en un segundo plano.
En tercer lugar, Descartes es interesante porque en él, como filósofo moderno, podemos evidenciar el distanciamiento respecto de Dios del que hablabamos anteriormente. Pero, ¿qué significa el distanciamiento en Descartes? En realidad, el distanciamiento radica en que Descartes cree con firmeza que el hombre puede acceder a la verdad mediante su sóla facultad cognoscitiva. Ciertamente, Dios se hace presente en su pensamiento como el garante último de la realidad y la verdad. Dios se convierte en una especie de garantía, según la cual el hombre, dirigido por su propía razón, a la búsqueda de verdades claras y distintas, no puede equivocarse, porque Dios es Bueno, Bello y Verdadero. Como pueden ver, se ha operado un cambio sustancial respecto de San Agustín; para este último, el hombre no llega a la verdad si no es por la gracia de Dios, en el hombre no hay mérito alguno que reconocer, pues todo se lo ha dado Dios, por su infinita misericordia. En Descartes la situación es otra: el hombre es autónomo y por su propia capacidad racional puede conocer y conquistar el mundo, la realidad. Dios sólo queda como garantía de que el hombre, en efecto, dará con esa verdad.
En cuarto lugar, Descartes nos interesa en nuestro curso por la reivindicación que hace, a través de sus escritos, de la búsqueda individual del conocimiento de la verdad. En el planteamiento de su pensamiento Descartes siempre habla en términos de que es un individuo, es decir, él, quien busca denodadamente el principio radical de la filosofía. Nuevamente, advertirán aquí una diferencia sustancial respecto de San Agustín. Ciertamente, Agustín buscó la verdad antes de convertirse al cristianismo; pero una vez que conoció la verdad, por gracia de Dios, desechó toda su búsqueda individual, puesto que, desde el Cristianismo, el hombre nada es sino por Dios. Con Descartes, el panorama es distinto: es la reivindicación del individuo moderno como sujeto capaz de conocer y domeñar el mundo. Se habrán dado cuenta, entonces, por qué estudiamos a Descartes para captar el concepto de hombre que impregnó a la Modernidad.
9. Ahora bien: ¿Acaso no hubo otros filósofos? ¿Por que estudiar sólo a Descartes? Por supuesto que hubo otros filósofos; pero lo importante, es mi oponión, radica en saber comprender cuál fue el elemento antropológico que predominó en la Modernidad, para ello Descartes es una figura insustituible. Por supuesto, hubo expresiones criticas, tanto contemporáneas a Descartes, como posteriores a él. En cuanto a los más cercanos a su momento histórico, están John Locke (1632-1704) y David Hume (1711-1776). Por otro lado, no olvidemos que acá estamos insertos en una perspectiva histórica; luego pasaremos al abordaje temático, y algunas cosas que no hemos dicho a la fecha, saldrán en su momento. Por ahora, queda una pregunta: ¿Si durante la Modernidad predominó la imagen de ser humano popularizada por Descartes, qué imagen de ser humano irrumpiría durante la así llamada Posmodernidad? Con esto pasamos a la siguiente lección, para la cual deben leer el texto de Gianni Vattimo: "Posmoderno: ¿una sociedad transparente?". Hasta la próxima, entonces.
JULIÁN GONZÁLEZ TORRES.
viernes, 6 de mayo de 2011
Sabato: Después de su fin
Quizá el mayor impacto de mi encuentro con Sabato radica en que me llevó a leer autores imprescindibles: Flaubert, Kafka, Thomas Mann, Dostoievski, entre otros.
¿Qué especie de sintonía literaria hay entre Sabato y aquéllos autores? Creo que su parecido responde a un hecho muy concreto: al valor que tuvieron para penetrar en las regiones más oscuras del hombre moderno. Eso requería un doble esfuerzo: (1) comprender la trama de la época histórica que les tocó vivir; (2) desmenuzar por completo al ser humano. Toda su realidad. Y así, quedamos descolocados frente al suicidio (¡asesinato!) de Madame Bovary. Sufrimos de principio a fin con el proceso de Josef K. Padecimos la enfermedad de Hans Castorp. De pronto, creímos ser el confidente de Raskolnikov y nos pareció tan inocente. Más de alguno habrá sentido que él era Raskolnikov. ¡Y cómo no comprender la existencia humana desde los razonamientos de Juan Pablo Castel y la tormentosa vida de Alejandra!
En sus obras también hay lugar para los sueños, el amor y la esperanza. Pero sobre todo, una profunda fe en la humanidad. Así, después de todo, parece que Madame Bovary conoció el amor. Josef K. no entregó su cuello al primer intento para que lo degollaran. Al leer La montaña mágica fuimos un discípulo más, junto a Hans Castorp, de las enseñanzas de Settembrini y Leo Naphta. ¡Cómo ignorar la escena en que Raskolnikov se arroja a los pies de Sonia, la prostituta, y le grita que no llora por ella, sino por toda la humanidad! Y Martín nos estremece con la decisión de rehacer su vida. En medio de la muerte de Alejandra encuentra cierta esperanza y decide viajar hacia la Patagonia. Amor y odio, vida y muerte, esperanza y desaliento.
Quizá estos autores son descendientes de Heráclito, apodado, según dicen, “El Oscuro”.
Esto explicaría, en parte, aquéllas palabras de Sabato en Abaddón el exterminador: “el hombre es un ser dual… Trágicamente dual. Y lo grave, lo estúpido es que desde Sócrates se ha querido proscribir su lado oscuro”.
Desencantado de las formas platónicas que aprendió en la matemática, Sabato decidió explorar la nuda complejidad del ser humano a través de las letras. Eso significó, entre otras cosas, que Bernardo Alberto Houssay, Premio Nobel de Medicina en 1947, le retirara el saludo. Pero no desistió de la opción tomada. En ella se mantuvo hasta su muerte. Para él escribir no fue un pasatiempo, sino un compromiso. Un “terrible” compromiso con la humanidad. Por eso afirma en El escritor y sus fantasmas: “Una de las misiones de la gran literatura: despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo”. Estas palabras evocan a otro grande, Faulkner. En su discurso en ocasión de recibir el Premio Nobel (1950) afirmó: “Me rehúso a aceptar el fin del hombre”.
Otro gesto imponderable de Sabato fue su profundo interés por los jóvenes. Sobre todo, por aquéllos que, sumergidos en la angustia, ansían saber si llevan en su interior la vocación literaria. En Abaddón el exterminador Nacho increpa a Sabato por haber “vendido” su rostro a la revista Gente. “¡Canallita!” le llama por haberse dejado seducir por el mundo de la farándula. Pero en el memorable pasaje titulado “Querido y remoto muchacho” Sabato se reivindicó frente a Nacho y ante todos aquellos deseosos de escuchar un consejo de su maestro.
Así escribió Sabato para aquéllos jóvenes angustiados por el gusano de las letras que se remueve en sus entrañas:
“Sólo el arte de los otros artistas te salva en esos momentos, te consuela, te ayuda. Sólo te es útil (¡qué espanto!) el padecimiento de los seres grandes que te han precedido en ese calvario. Es entonces cuando además del talento o del genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad, la tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia ante los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos. En esos instantes te ayudará el recuerdo de los que escribieron solos: en un barco, como Melville; en una selva, como Hemingway; en un pueblito, como Faulkner. Si estás dispuesto a sufrir, a desgarrarte, a soportar la mezquindad y la malevolencia, la incomprensión y la estupidez, el resentimiento y la infinita soledad, entonces sí, querido B., estás preparado para dar tu testimonio”.
Ernesto Sabato ha muerto en Santos Lugares. La muerte no quiso que sus seres queridos y seguidores le celebraran cien años de vida. O tal vez —pudoroso en exceso, como siempre— hizo un pacto con la muerte. Lo cierto es que llegó el tiempo de Después de su fin. Pero su obra narrativa y ensayística vive ya entre las grandes.
JULIÁN GONZÁLEZ TORRES
Publicado en: http://www.contrapunto.com.sv/colaboradores/ernesto-sabato-ha-muerto-en-santos-lugares
viernes, 9 de julio de 2010
Los diputados y la Biblia
Hace más de un siglo el Secretario de Instrucción Pública, Fomento y Beneficencia, Julio Interiano, en su informe de labores relativo a la Instrucción Primaria expresaba lo siguiente: “Una escuela es un compendio de la sociedad. Esta es heterogénea: no hay en ella unidad de creencias. El Estado, pues, que reconoce los derechos de todos y garantiza la realización de ellos, no puede enseñar práctica de ninguna secta determinada y menos de muchas, ni inculcar creencias dogmáticas que están fuera del alcance de la razón.” (Diario Oficial, 118, Miércoles 21 de mayo de 1890, pp. 605-606)
120 años después los diputados de derecha hicieron caso omiso de aquel sabio principio liberal de respetar la diversidad de creencias religiosas en la sociedad, especialmente en la escuela. Argumentan que con la lectura de la Biblia en los centros escolares lo que se busca es “devolver” a los niños y niñas unos valores “perdidos”. De tal manera que una vez que los estudiantes escuchen “atentamente” ciertos pasajes bíblicos, recuperarán aquellos valores —que perdieron quién sabe dónde y cuándo— y se volverán “niños buenos”, obedientes y respetuosos de las leyes. Esto, según ellos, contribuiría a bajar los niveles de delincuencia y criminalidad. Lo interesante es que quieren lograr esto obligando a profesores y alumnos a escuchar la lectura de un libro y de una religión en particular. ¿Dónde queda, entonces, el respeto al orden constitucional?
Si de combatir el crimen se trata, lo que este país necesita, a corto plazo, es un excelente centro de investigación criminal; fiscales honrados y verdaderamente profesionales en la persecución de los criminales; una Policía Nacional Civil depurada; un cuerpo de jueces competentes; un sistema 911 con tecnología de punta y de reacción inmediata y mejorar las cárceles. A mediano y largo plazo: fortalecer y ampliar aquellas políticas socioeconómicas llamadas a reducir las tremendas desigualdades sociales.
Puede sonar trillado, pero está fuera de duda que uno de los factores que hizo posible el crecimiento de las pandillas —esa realidad social que ahora nos tiene tan conmocionados— fue la implementación de políticas socioeconómicas que profundizaron la brecha entre ricos y pobres. No es la lectura de la Biblia en las escuelas la que traerá el bienestar y la paz, sino la lucha por establecer un orden socioeconómico cuyo eje central sea la vida humana integral, el sujeto y sus necesidades; un orden que no convierta en “exitosos” a unos cuantos y en “perdedora” a la gran mayoría. Si no, corremos el riesgo —parafraseando a Marx— de convertir a la religión en “opio del pueblo”, cuando puede ser, y lo ha sido, principio de liberación.
El trillado argumento de “la pérdida de valores” viene y va. Lo primero que preguntaría es: ¿Cuáles valores? Los pandilleros son muy solidarios entre sí; son personas de palabra, cuando deciden matar, matan. Además, muchos de ellos desean ser personas de éxito, valor tan impregnado en nuestras sociedades. La otra pregunta es: Si son valores los que se han perdido, ¿por qué ir por la Biblia? Un valor clave para la vida democrática es la tolerancia, el respeto a la diferencia. ¿Será la Biblia el mejor libro para aprender a ser tolerantes? En su genial libro Imágenes de Dios, el teólogo y filósofo español Juan Antonio Estrada demuestra que todas las religiones monoteístas, las religiones de libro, son violentas e intolerantes. La creencia en un sólo y único Dios implica el desprecio y la guerra a cualquier otra creencia en otro Dios. Evidentemente, ya no estamos en la Edad Media, pero los “ilustres” diputados de derecha han sacado a relucir su fanatismo religioso y, en consecuencia, su intolerancia.
Por otro lado, si la casa, el hogar o la misma Iglesia han fracasado en la enseñanza de esos supuestos valores que contempla la Biblia, ¿qué hace pensar que el Estado lo logrará a través de la escuela? La mayoría de salvadoreños cree —o al menos los comparte— en los principios y valores del cristianismo. Entonces: ¿Qué sentido tiene proponer para el ámbito público algo que al parecer ha fracasado en el ámbito privado? Frente a la decadente visión política de un conjunto de diputados, loable ha sido este año el trabajo del Ministerio de Educación al dotar a las niñas y niños con útiles escolares, uniformes y zapatos. Este tipo de medidas sí contribuye a dignificar a las y los estudiantes.
Hace más de un siglo la Iglesia Católica peleaba por que la educación cristiana no fuera eliminada de las escuelas; mientras que intelectuales y funcionarios de Estado como Julio Interiano y David J. Guzmán defendían a capa y espada la educación laica en las escuelas, argumentando que la formación cristiana era tarea de los padres, no del Estado. 120 años después, ¡ironías de la historia!, diputados de derecha aprueban la lectura obligatoria de la Biblia en los centros escolares y reciben el apoyo del presidente de la República; mientras que el máximo representante de la Iglesia Católica en El Salvador, Mons. José Luis Escobar, señala que el decreto además de ser inconstitucional, viola el derecho que tienen los padres de familia de formar a sus hijos en la fe que consideren conveniente. Además, agrega que “la escucha de la Palabra de Dios exige un ambiente de fe, el cual no existe en la escuela pública.”
En eso último, el jerarca religioso se acerca mucho a Julio Interiano cuando este afirmaba que: “El Estado es una entidad colectiva y heterogénea. La fé le es incompatible, y quien carece de ella no puede comunicarla.” (Ibid.).
No hace mucho el teólogo José María Castillo reconocía en el ateo José Saramago un digno defensor de valores como la justicia, la libertad y la paz. Castillo afirma que Saramago profesó “la fe del Centurión”, es decir, fue un hombre de una profunda humanidad, “una buena persona a carta cabal” (Ver: http://josemariacastillo.blogspot.com/2010/06/la-fe-del-centurion.html). Habría que recordarles a los diputados que el agnosticismo y el ateísmo pueden darnos personas con profunda sensibilidad humana. El fanatismo religioso idiotiza y genera más violencia; el pensar crítico nos libera de dogmatismos y nos vuelve más tolerantes al relativizar nuestras creencias.
Publicado originalmente en ContraPunto: http://www.contrapunto.com.sv/index.php?option=com_content&view=article&id=3403:noticias-de-el-salvador-contrapunto&catid=96:colaboradores&Itemid=123
lunes, 31 de agosto de 2009
Sabato: la fuerza de la denuncia y el aliento de la esperanza
Sabato vino al mundo un 24 de junio de 1911 en Rojas, provincia de Buenos Aires. A los dieciséis años entró en contacto con grupos de izquierda, experiencia que lo llevaría a militar en la juventud comunista de Argentina y le permitiría conocer a su futura esposa, Matilde Kusminsky. En 1937 obtuvo el título de Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas; posteriormente trabajó en Francia, en el Laboratorio Curie. Pero en 1945 renunció a su trabajo como científico para dedicarse de lleno al oficio de escribir.
Así nació su primer libro: Uno y el universo (1945). Posteriormente publicó las novelas que le dieron reconocimiento mundial: El túnel (1948); Sobre héroes y tumbas (1961); Abaddón el exterminador (1974). De su obra ensayística sobresalen títulos como Hombres y engranajes (1951), El escritor y sus fantasmas (1963) y La resistencia (2000).
A la fecha, con 98 años cumplidos, ya no lee ni escribe, pero las últimas palabras de su autobiografía, Antes del fin, no dejan indiferente a todo individuo consciente de que en el mundo las cosas no marchan bien: “Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido” (2006, p. 172).
La denuncia y el compromiso
Sabato está convencido que aquellas grandes fuerzas, «la razón y el dinero», que jalonaron el período renacentista y se ensancharon en la modernidad, condujeron al ser humano a una encrucijada terrible: socavamiento voraz del planeta; armas de destrucción masiva que prometen la aniquilación total de la raza humana; crisis ética y espiritual en un mundo donde campea la corrupción, la indiferencia y el cinismo.
Con esas fuerzas, afirma en Hombres y engranajes, “el hombre conquista el poder secular. Pero —y ahí está la raíz de la paradoja— esa conquista se hace mediante la abstracción: desde el lingote de oro hasta el clearing, desde la palanca hasta el logaritmo, la historia del creciente dominio del hombre sobre el universo ha sido también la historia de las sucesivas abstracciones. El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma realidad desposeída de atributos concretos, de una abstracta fantasmagoría de la que también forma parte el hombre, pero no ya el hombre concreto e individual sino el hombre-masa, ese extraño ser todavía con aspecto humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria anónima” (2006, p. 18).
Una sociedad que convierte en dioses a la razón y al dinero termina enfermando a sus hijos. Mejor dicho, acaba sacrificando a sus hijos. En Abaddón el exterminador Sabato le dice al joven Marcelo: “Nuestra civilización está enferma. No sólo hay explotación y miseria: hay miseria espiritual, Marcelo. Y yo estoy seguro de que vos tenés que estar de acuerdo conmigo. No se trata de conseguir heladeras eléctricas parar todo el mundo. Se trata de crear un ser humano de verdad. Y mientras tanto, el deber del escritor es escribir la verdad, no contribuir a la degradación con mentiras” (2006, p. 228).
En efecto, en la narrativa de Sabato hay un compromiso con la verdad, es decir, con el ser humano. Seguidor de autores como Kafka, Dostoievski, Stendhal y Kierkegaard, Sabato cree con firmeza que la lucidez y la autenticidad del escritor alcanzan su máxima expresión cuando éste penetra en las regiones más complejas de la condición humana. Y desde allí, como testigo del bien y del mal, desnuda las hondas contradicciones del alma humana. Sólo el autor que hace suya esta terrible convicción desarrolla la facultad para escribir desde las regiones del cielo y del infierno (Dante Alighieri); desde la ternura más conmovedora y la maldad más horrenda (Dostoievsky); en síntesis, desde las oscuridades más turbadoras del corazón humano.
Todo eso no se puede lograr sin fuertes dosis de pasión, cierta locura y, sobre todo, un honrado compromiso con el ser humano. En los best seller —“papel moneda” en palabras de Sabato— podemos encontrar palabras bonitas y descubrir frasecitas que llenan de sentido a ciertas experiencias de la vida. Pero es difícil encontrar un compromiso profundo con los problemas-raíz del ser humano —“El que sea inmortal que se permita el lujo de seguir diciendo pavadas”, se lee en Abaddón el exterminador. Sólo quien es capaz de escarbar en lo más hermoso y en lo más bajo del ser humano puede darnos un testimonio fiel. De ahí aquella frase lapidaria: “Una de las misiones de la gran literatura: despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo”.
La denuncia de la novela contemporánea despierta a la conciencia de la alienación en que está sumida. Hace ver que las grandes fuerzas de la modernidad, la razón y el dinero, se confabularon para someter al ser humano. El tan ansiado progreso no llegó para todos. Hoy que existe una enorme industria de alimentos, unos se mueren de hambre, mientras otros padecen de obesidad; mientras unos se mueren por falta de medicinas, otros invierten en medicamentos para adelgazar. Este es el mundo que Sabato ha criticado con dureza; un mundo que premia a los cínicos y corruptos y castiga a los honrados y justos.
El aliento de la esperanza
Pero en medio de esa «sociedad enferma» aún hay lugar para la esperanza. Esa dimensión humana que nos levanta de las situaciones más terribles, y que justo por eso tiene más de irracional que de racional, como las novelas. Ambos, escritor y lector, descubren gestos de esperanza en las ficciones, como la decisión final de aquel pobre muchacho, Martín, en Sobre héroes y tumbas, de viajar a
Bruno, otro de los personajes de Sobre héroes y tumbas, nos recuerda el papel esencial que juega la esperanza en la vida del ser humano: “el hombre no está sólo hecho de desesperación sino de fe y de esperanza; no sólo de muerte sino también de anhelo de vida; tampoco únicamente de soledad sino de momentos de comunión y de amor. Porque si prevaleciese la desesperación, todos nos dejaríamos morir o nos mataríamos, y eso no es de ninguna manera lo que sucede. Lo que demostraba, a su juicio, la poca importancia de la razón, ya que no es razonable mantener esperanzas en este mundo en que vivimos. Nuestra razón, nuestra inteligencia, constantemente nos están probando que ese mundo es atroz, motivo por el cual la razón es aniquiladora y conduce al escepticismo, al cinismo y finalmente a la aniquilación. Pero, por suerte, el hombre no es casi nunca un ser razonable, y por eso la esperanza renace una y otra vez en medio de las calamidades” (2006, p. 203).
Casi al final de su autobiografía, el escritor argentino declara lo siguiente: “Yo oscilo entre la desesperación y la esperanza, que es la que siempre prevalece, porque si no la humanidad habría desaparecido, casi desde el comienzo, porque tantos son los motivos para dudar de todo” (2006, p. 166)
Sabato sería, usando la terminología de Alfonso Reyes, un «testigo insobornable», imprescindible para enjuiciar este mundo donde la injusticia, la miseria y la estupidez campean de forma obscena. Muy convencido de que al hombre contemporáneo aún le falta que corregir la desmesurada confianza que depositó en la ciencia y la técnica.
Para el novelista argentino las obscuridades, las tormentas y las esperanzas del corazón humano poco o nada entienden de la lógica científica. Por ello no se deben castrar ciertos saberes en beneficio de otros. Él encontró en el arte una mejor comprensión del ser humano, así como también una denuncia implacable contra la deshumanización y la barbarie que produce el homo sapiens sapiens. Encontró la salvación en el arte y desde sus novelas ofrece también gestos de salvación.
Por eso hace algún tiempo escribió estas palabras para Jon Sobrino: “Me hizo mucho bien su libro [Terremoto, terrorismo, barbarie y utopía: El Salvador, Nueva York y Afganistán, 2002]. Cada tarde esperaba la lectura como el testimonio de un gesto que pudiera salvar a la humanidad de este horror en que se vive.” (Ver: http://www.fespinal.com/espinal/realitat/pap/pap120.htm).
Aun cuando se mueven en “juegos de lenguaje” distintos —teólogo, uno; escritor, el otro—, tienen “parecidos de familia” (Wittgenstein). Denuncian la misma realidad: una aldea global en la que cohabitan la miseria y la riqueza, la hambruna y el despilfarro, la desnutrición y la obesidad. Comparten la misma esperanza: salvar al mundo desde los “perdedores” de la historia.
En su último libro, Fuera de los pobres no hay salvación, Sobrino afirma que “del mundo de los pobres y las víctimas puede venir sanación para una civilización gravemente enferma.” (2008, p. 90). Por su parte, en un “Pacto entre derrotados” Sabato afirma que “cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia. (Antes del fin, p. 164).