Apuntes de Introducción a la Antropología Filosófica. Ciclo 01-2012.
EL CARÁCTER SOCIAL DEL SER HUMANO.
Semana del 21 al 25 de mayo de 2012.
(1) Nuevamente, estimadas alumnas y alumnos, nos encontramos en el “blogeo”. A decir verdad, percibo cierto cansancio en mi “vocación” de escribidor; no obstante, en la medida de lo posible, trato de cumplir con lo prometido , así que entrémosle a la cuestión.
(2) El tema que hoy nos convoca es “El carácter social del ser humano”. Como he advertido en más de una ocasión, nuevamente estamos frente a esta pregunta: ¿Qué es el ser humano? Comprenderán a estas alturas del curso que para nada es una pregunta sencilla. Como les decía en la clase pasada (lunes 21 de mayo), bien podríamos decir, en forma burda, que en realidad el ser humano “es” muchas cosas. Afinando el lenguaje: que el ser humano es una realidad constituida por múltiples dimensiones. De manera que el carácter social aparece como una dimensión esencial o constitutiva del animal humano. Ahora bien: ¿acaso no es esto una mera constatación empírica?; ¿acaso no se nos ha enseñado que también las abejas y las hormigas viven en sociedad? Desde un punto de vista filosófico: ¿cuál es la trascendencia —si ustedes quieren, el significado— del vínculo social en el animal humano? Vayamos por pasos.
(3) La constatación teórica del carácter social del ser humano no es nada novedosa. Cuando Aristóteles afirma que “el hombre es un ser político por naturaleza” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, Alianza, Madrid, 2001, p. 58), quiere indicar que el hombre sólo puede realizarse plenamente en la polis, es decir, con los otros, en comunidad. De hecho, es bastante común escuchar decir que para pensadores como Platón y Aristóteles, el todo (la comunidad política) siempre se consideró como primordial respecto de sus partes (que serían los individuos). Y, en términos generales, durante la Edad Media predominó la noción de que el todo (lo social, lo colectivo; bien podríamos decir, los estamentos) era superior a cada una de sus partes (las personas, los sujetos). A mis alumnos que están en el curso de Filosofía Medieval les pido de favor que me cuenten qué cara pone José Antonio Espada cuando se entere de la barbaridad que acabo de decir (Jejeje…). Bueno, el asunto es que no será sino hasta en la Modernidad que la noción de Individuo cobrará más fuerza en la vida política, cultural y económica. En otras palabras, a partir de la Modernidad se explayó con fuerza la creencia de que el Individuo era el elemento esencial en el entorno social, es decir, que si había (existía) sociedad o mundo social era porque previamente habían (existían) individuos que en virtud de una especie de suma con-formaban la sociedad. El filósofo John Locke (1632-1704) fue uno de los máximos exponentes de esta creencia. Afirmaba que los hombres “buscan la sociedad y desean reunirse a otros que lo estén ya, o tengan los deseos de hacerlo o de componer un cuerpo para la conservación mutua de sus vidas, de su libertad y de sus bienes, conjunto que en general llamo propiedades”. (John Locke, Tratado del gobierno civil, Claridad, Buenos Aires, 2005, p. 95). Así, se fracturaba aquel viejo principio de que el todo (lo social) era más importante que las partes (los individuos). Muy bien, llegados a este punto, vayamos al texto de Ignacio Martín-Baró para ir dilucidando las preguntas que nos hacíamos en el párrafo dos.
(4) Lo cierto es que se presentan ante nuestros ojos dos polos que son irreductibles el uno al otro: por un lado, el Individuo; si ustedes quieren, el Yo; por otro lado, la Sociedad o Colectividad. Ahora bien, el asunto es que partimos del reconocimiento que entre ese Yo y esa Sociedad hay un vínculo inexorable, es justamente el vínculo social, o, lo que muy acertadamente Martín-Baró llama “carácter social”. Pero, ¡ojo!, el término “carácter” no hace referencia a algo “añadido”, “secundario”; como quien dice de alguien: “es su carácter”. “Carácter” en la terminología de Martín-Baró hace referencia a algo esencial, nada más y nada menos que el vínculo social. Entonces: ¿cómo se conceptúa ese vínculo social? Respondamos a continuación.
(5) Es aquí donde entran las diferentes teorizaciones en torno al carácter social del ser humano. En primer lugar, estarían aquellas posturas que conceptúan el carácter social como una cuestión de índole esencialmente biológica. En forma específica, Martín-Baró hace referencia al etólogo Konrad Lorenz (1903-1989). Este científico fue un gran estudioso de la conducta animal. Llegó a identificar cuatro instintos fundamentales: nutrición, procreación, fuga y agresión. Pero cobró fama mundial por sus trabajos sobre la agresividad en las especies animales. El punto es que para intelectuales como Lorenz el elemento decisivo en la construcción de las relaciones sociales no estaría tanto en una supuesta libertad o plasticidad de la naturaleza humana, sino en el hecho universal de compartir la misma base instintiva. No es que Lorenz no reconozca el papel de la libertad humana; pero al llevar su postura científica hasta las últimas consecuencias, resulta que el carácter social estaría condicionado, en última instancia, por su condición genética específica.
(6) Luego estaría aquella perspectiva intelectual que concibe el elemento social en el ser humano no como algo sustancial, sino como una nota secundaria, agregada o, en todo caso, accidental. En esta perspectiva estarían no sólo conductistas como Skinner (1904-1990), sino también el mismo Locke. Ambos, desde campos diferentes, conciben el carácter social como algo secundario al individuo. Y es que para estos pensadores la sociedad es, en esencia, una suma o conjunto de individuos. En palabras de Martín-Baró:
“La sociedad, en este contexto, no es más que la fuente de recursos necesarios para la satisfacción de los individuos. El individuo es una totalidad completa en sí misma; los otros son estímulos o circunstancias externas, incluso si se les considera necesarias para la propia supervivencia”. (Ignacio Martín-Baró, Acción e ideología. Psicología social desde Centroamérica, UCA Editores, San Salvador, 2001, p. 59).
Respecto del Locke, Antonio González afirma lo siguiente:
“Combatiendo al absolutismos, se convirtió en el intelectual favorito de la burguesía de su tiempo, y en uno de los más importantes teóricos del liberalismo, es decir, la doctrina política y económica que defiende como valor supremo la libertad de los individuos y la necesidad de que la sociedad y el Estado se sometan a los intereses individuales de quienes la forman”. (Antonio González, Introducción a la práctica de la filosofía, UCA Editores, San Salvador, 1997, pp. 238-239).
(7) A continuación, Martín-Baró se detiene en aquellos enfoques teóricos que conciben el carácter social como construcción histórica. Brevemente, hace un análisis de la perspectiva del psicoanálisis (Sigmund Freud), del interaccionismo simbólico (George H. Mead) y del modelo grupal-interpersonal (Karl Marx). Lo interesante en estos estudios es que el carácter social cobra una dimensión fundamentalmente histórica y no es visto como algo secundario o externo; al contrario, se considera una dimensión esencial a la condición humana.
(8) Quiero, en tal sentido, detenerme en el último enfoque (“El carácter social como construcción grupal-interpersonal”). Martín-Baró expone esta posición en los siguientes términos:
“Desde esta perspectiva lo social es el carácter fundamental del ser humano, y está constituido primero y sobre todo por la ubicación objetiva del individuo en un punto concreto de la red de relaciones estructurales de una determinada sociedad, pero está constituido también por el proceso que la propia persona como sujeto va realizando desde ese punto de partida” (p. 65).
Por tanto, desde esta perspectiva teórica el carácter social es conceptuado como una dimensión constitutiva a la naturaleza humana, pero que se realiza objetivamente en la real y concreta dimensión histórica del sujeto humano. El ser humano está (es) abierto a la historia, y desde esa radical y constitutiva apertura humana se va construyendo el carácter social; de manera que la configuración individual, el yo, cobra plena realidad en y gracias al primario hecho de estar vertido hacia los otros. Ciertamente, el individuo sufre una primaria imposición social de los otros; pero lo cierto es que en su modo de ser y hacer en el mundo hay “modulaciones” (personalidad, acervo de conocimientos, respuestas, etc.) que son enteramente individuales, es decir, de sujetos (o "yos") singulares.
(9) Tres preguntas nos hacíamos al inicio: ¿acaso no es esto (“el carácter social del ser humano”) una mera constatación empírica?; ¿acaso no se nos ha enseñado que también las abejas y las hormigas viven en sociedad? Desde un punto de vista filosófico: ¿cuál es la trascendencia —si ustedes quieren, el significado— del vínculo social en el animal humano? Pues bien, tenemos las respuestas.
En primer lugar, no se trata de una mera constatación empírica; al contrario, se trata de una constatación primordial para efectos de comprender qué es eso que llamamos “lo humano” o “la humanidad”; el vínculo social es una realidad esencial sin la cual difícilmente podríamos comprender, en su máxima integralidad, al animal humano.
En segundo lugar, ciertamente se dice que tanto las abejas como las hormigas viven en sociedad; no obstante, estos animales podrán ser todo lo sociales que queramos, pero el carácter abierto (plástico) de la naturaleza humana le ha permitido configurar niveles de socialización que ninguna otra especie ha alcanzado. Además, en la especie humana la dimensión social no se comprende sin su constitutiva dimensión histórica. Ciertamente, el carácter social tiene una base biológica (genética), pero la socialidad humana no se reduce a ese fuerte componente biológico, sólo en la construcción histórica el ser humano puede plenificarse como sujeto social.
En tercer lugar, el carácter social del ser humano cobra un sentido trascendental, puesto que, en última instancia, demuestra que sin ese vínculo social el individuo de la especie humana difícilmente puede alcanzar plenitud (realización personal) a lo largo de la vida. En otras palabras, el vínculo social es una realidad histórica sin la cual el individuo en cuanto tal difícilmente puede lograr una efectiva humanización. Por supuesto, por esa misma vía, es decir, por la vía de lo social, también puede lograr su efectiva deshumanización. Y esto nos conecta, nuevamente, con nuestro mundo actual. Es decir, ¿habitamos sociedades en las que niños y niños pueden alcanzar efectivos procesos de humanización? Depende del lugar social en que se nazca, dirán algunos. Muy bien, reflexionemos más en torno a esa pregunta.
Bueno, estimados alumnos, nos veremos en la clase. En esta ocasión los apuntes han sido breves. Procuraré, para la próxima, más abundancia de ideas.
JULIÁN GONZÁLEZ TORRES.
"No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el INSTANTE, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí." Ernesto Sabato
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miércoles, 23 de mayo de 2012
miércoles, 13 de julio de 2011
el artista
"El escritor es el duelista que nunca acude a la hora prevista, que recoge el insulto como una curiosidad más, lo pone sobre su mesa y sólo entonces lo combate, a solas. Algunos llaman a eso debilidad. Yo lo llamo aplazamiento. Lo que en un hombre es debilidad, en un artista es la gloria, su rasgo característico... Lo que se retiene, lo que se guarda, es lo que luego explota en la soledad propicia. Por eso el artista es la persona más solitaria del mundo: porque vive, se esfuerza, lucha, muere y resucita a solas, siempre a solas".
Anaïs Nin, Incesto. Diario amoroso (1932-1934), Siruela, Madrid, 2008, p. 47.
Anaïs Nin, Incesto. Diario amoroso (1932-1934), Siruela, Madrid, 2008, p. 47.
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viernes, 28 de mayo de 2010
el encuentro que no se dio
El encuentro que no se dio
Cuando yo me haya ido
y en la tarde converses rodeado por tus hijos:
háblales de este viejo
que creía en milagros;
de este loco feliz que una vez, confundido,
creyó tocar a Dios
y se quemó las manos.
Diles que amé la vida como pocos la amaron.
Diles que sobre el rostro recibí el beso puro
y la cruel bofetada.
Diles que fui habitante de la estrella más alta
y a veces, de rodillas, me humillé en los santuarios.
Diles que conocí las sombras del pecado
y la luz de la gracia,
Francisco Andrés Escobar, “Monólogo interior frente a mi hijo”.
La época de parciales te tenía muy ocupado, en realidad no eran los exámenes, sino tus estudiantes. Ahora que leo sus palabras en Facebook entiendo cuál fue tu magisterio, tu apostolado. No volví con mis versos a tu despacho, fue por capricho tonto y por creer que estabas por encima de mi vulgar palabra. Al tiempo nos encontrábamos, pero me rehusaba a “molestarte”. Y cuando creí que había madurado, cuando pensando estaba en buscar tus consejos, me llego la noticia de tu muerte.
Entonces recordé “Monólogo interior frente a mi hijo”, y el recuerdo de mi adolescencia se lazó sobre mí en un zarpazo. Recordé aquellos versos subrayados, aquellas tus palabras que fueron oración cuando el dolor atenazaba mi existencia. Y comprendí aquellas palabras de Ernesto Sabato: “Sólo el arte de los otros artistas te salva en esos momentos, te consuela, te ayuda. Sólo te es útil (¡qué espanto!) el padecimiento de los seres grandes que te han precedido en ese calvario.” (Abaddón el exterminador, 2006). Se me salieron las lágrimas, me sentí miserable.
También recordé tus consejos para la buena docencia. De los cuatro que sugeriste aquella vez, sólo tres recuerdo con mediana claridad. (1) “Estudiar siempre”, decías que el buen profesor debe ser un apasionado del estudio constante, de la lectura incansable. (2) “Dormir o descansar bien”, insistías en la importancia de guardar el descanso debido cuando se está extenuado, renovar energías para volver a la faena. (3) “Amor, pasión por lo que se hace”, amar la enseñanza, decías; entregarse con profundo entusiasmo, con verdadera vocación. También dijiste que el profesor, al final de la faena, siente el gozo de saber que no ha robado ni matado; al contrario, lo suyo ha sido la siembra, el cultivo. Esa fue tu satisfacción, por eso Luís González ha dicho que fuiste “ante todo y sobre todo un hombre cabal”. “Comer bien” creo que fue tu cuarto consejo, mas no lo recuerdo con exactitud.
Recordé tus textos en La Prensa Gráfica, en el semanario Orientación, tu lenguaje fecundo, tu puño tejiendo el habla popular, tus palabras “rechonchas”, aquellos personajes “de verdá”. Enmudecí.
No volví, Don Paco, con mi fajo de papeles, nunca fui su alumno, mas una vez su palabra fue bálsamo, intrépida fuerza, esperanza en el abismo. Descubrí la belleza del verso, la fecundidad del dolor, la honda protesta. Querido “viejo”, “loco feliz”, tú que creíste en “milagros”, concédeme el encuentro que no se dio.
Julián González Torres
Cuando yo me haya ido
y en la tarde converses rodeado por tus hijos:
háblales de este viejo
que creía en milagros;
de este loco feliz que una vez, confundido,
creyó tocar a Dios
y se quemó las manos.
Diles que amé la vida como pocos la amaron.
Diles que sobre el rostro recibí el beso puro
y la cruel bofetada.
Diles que fui habitante de la estrella más alta
y a veces, de rodillas, me humillé en los santuarios.
Diles que conocí las sombras del pecado
y la luz de la gracia,
Francisco Andrés Escobar, “Monólogo interior frente a mi hijo”.
La época de parciales te tenía muy ocupado, en realidad no eran los exámenes, sino tus estudiantes. Ahora que leo sus palabras en Facebook entiendo cuál fue tu magisterio, tu apostolado. No volví con mis versos a tu despacho, fue por capricho tonto y por creer que estabas por encima de mi vulgar palabra. Al tiempo nos encontrábamos, pero me rehusaba a “molestarte”. Y cuando creí que había madurado, cuando pensando estaba en buscar tus consejos, me llego la noticia de tu muerte.
Entonces recordé “Monólogo interior frente a mi hijo”, y el recuerdo de mi adolescencia se lazó sobre mí en un zarpazo. Recordé aquellos versos subrayados, aquellas tus palabras que fueron oración cuando el dolor atenazaba mi existencia. Y comprendí aquellas palabras de Ernesto Sabato: “Sólo el arte de los otros artistas te salva en esos momentos, te consuela, te ayuda. Sólo te es útil (¡qué espanto!) el padecimiento de los seres grandes que te han precedido en ese calvario.” (Abaddón el exterminador, 2006). Se me salieron las lágrimas, me sentí miserable.
También recordé tus consejos para la buena docencia. De los cuatro que sugeriste aquella vez, sólo tres recuerdo con mediana claridad. (1) “Estudiar siempre”, decías que el buen profesor debe ser un apasionado del estudio constante, de la lectura incansable. (2) “Dormir o descansar bien”, insistías en la importancia de guardar el descanso debido cuando se está extenuado, renovar energías para volver a la faena. (3) “Amor, pasión por lo que se hace”, amar la enseñanza, decías; entregarse con profundo entusiasmo, con verdadera vocación. También dijiste que el profesor, al final de la faena, siente el gozo de saber que no ha robado ni matado; al contrario, lo suyo ha sido la siembra, el cultivo. Esa fue tu satisfacción, por eso Luís González ha dicho que fuiste “ante todo y sobre todo un hombre cabal”. “Comer bien” creo que fue tu cuarto consejo, mas no lo recuerdo con exactitud.
Recordé tus textos en La Prensa Gráfica, en el semanario Orientación, tu lenguaje fecundo, tu puño tejiendo el habla popular, tus palabras “rechonchas”, aquellos personajes “de verdá”. Enmudecí.
No volví, Don Paco, con mi fajo de papeles, nunca fui su alumno, mas una vez su palabra fue bálsamo, intrépida fuerza, esperanza en el abismo. Descubrí la belleza del verso, la fecundidad del dolor, la honda protesta. Querido “viejo”, “loco feliz”, tú que creíste en “milagros”, concédeme el encuentro que no se dio.
Julián González Torres
miércoles, 26 de mayo de 2010
tu llanto
TU LLANTO
Quejumbrosa,
aterida por tu llanto silencioso,
eras la niña-noche más dolida,
el perfume huyendo
por el hedor de mis palabras,
y bebí de tu dolor expandido,
sintiendo los ojos del infierno en mi boca de asesino,
mascullando insultos de mi pecho,
desnudando la crueldad de mis silencios,
como deshojando un racimo de heridas,
como mordiendo el polvo que pisé con la mirada.
Y se vino la noche, otra vez, encima,
yo dormí con el frío atroz de mi cuchillo,
en la frontera que sonríe entre lo diabólico y divino,
y tú eras la niña-noche más hermosa y más dolida.
Julián González
Quejumbrosa,
aterida por tu llanto silencioso,
eras la niña-noche más dolida,
el perfume huyendo
por el hedor de mis palabras,
y bebí de tu dolor expandido,
sintiendo los ojos del infierno en mi boca de asesino,
mascullando insultos de mi pecho,
desnudando la crueldad de mis silencios,
como deshojando un racimo de heridas,
como mordiendo el polvo que pisé con la mirada.
Y se vino la noche, otra vez, encima,
yo dormí con el frío atroz de mi cuchillo,
en la frontera que sonríe entre lo diabólico y divino,
y tú eras la niña-noche más hermosa y más dolida.
Julián González
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jueves, 4 de febrero de 2010
A veces
A VECES
A veces converso con el dolor,
no por sospechosa terapia psicologista,
tampoco por famélico masoquismo,
es sólo por encontrarme en la finitud,
escuchar el lento goteo de la muerte,
escaldar la mirada ante catedrales de huesos,
sentir el puñal en la hora de tu ausencia.
A veces sospecho de llamarme humano,
hay muertos que valen más, otros menos,
tanta sangre agota mi existencia,
tantas misas, oraciones y jueces
pervierten mi sagrada esperanza.
A veces conservo ciertas palabras,
ciertas miradas bajando al infierno.
Julián González
04-02-2010
A veces converso con el dolor,
no por sospechosa terapia psicologista,
tampoco por famélico masoquismo,
es sólo por encontrarme en la finitud,
escuchar el lento goteo de la muerte,
escaldar la mirada ante catedrales de huesos,
sentir el puñal en la hora de tu ausencia.
A veces sospecho de llamarme humano,
hay muertos que valen más, otros menos,
tanta sangre agota mi existencia,
tantas misas, oraciones y jueces
pervierten mi sagrada esperanza.
A veces conservo ciertas palabras,
ciertas miradas bajando al infierno.
Julián González
04-02-2010
lunes, 28 de diciembre de 2009
Tus manos-raíz
TUS MANOS-RAÍZ
Me sostengo en tus manos
a punto de estallar en cierta locura demoníaca,
divina, sepulcral,
antes de largarme con el dolor en la sangre,
cuando mi vida padece
un recuerdo de niño,
un verso de Rimbaud,
cuando deseo
sentarme al lado de la Eternidad
para besarla y amarla.
Y te quedas en vigilia,
sabes a brisa, a tierra firme,
tu mirada es pequeña,
tu abrazo, inmortal.
Y me besas,
sabes a vino,
a tiempo infinito:
instante grabado en mis palabras.
En tus manos-raíz me quedo,
como buscando la Eternidad.
JULIÁN GONZÁLEZ
(28 12 2009)
Me sostengo en tus manos
a punto de estallar en cierta locura demoníaca,
divina, sepulcral,
antes de largarme con el dolor en la sangre,
cuando mi vida padece
un recuerdo de niño,
un verso de Rimbaud,
cuando deseo
sentarme al lado de la Eternidad
para besarla y amarla.
Y te quedas en vigilia,
sabes a brisa, a tierra firme,
tu mirada es pequeña,
tu abrazo, inmortal.
Y me besas,
sabes a vino,
a tiempo infinito:
instante grabado en mis palabras.
En tus manos-raíz me quedo,
como buscando la Eternidad.
JULIÁN GONZÁLEZ
(28 12 2009)
domingo, 27 de diciembre de 2009
Reflexiones de Emil Sinclair:
"La misión verdadera de cada uno era llegar a sí mismo. Se podía llegar a poeta o a loco, a profeta o a criminal; eso no era asunto de uno: a fin de cuentas, carecía de toda importancia. Lo que importaba era encontrar su propio destino, no un destino cualquiera, y vivirlo por completo. Todo lo demás eran medianías, un intento de evasión, de buscar refugio en el ideal de la masa; era amoldarse; era miedo ante la propia individualidad."
Hermann Hesse, Demian, Alianza, Madrid, 1968, p. 136.
Hermann Hesse, Demian, Alianza, Madrid, 1968, p. 136.
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jueves, 17 de diciembre de 2009
Fijo
Fijo, detenido en el instante. Con el rostro atento, la mirada espesa. Quiero decirte cuántas veces he errado, cuántas noches renací en el dolor acumulado. Decirte que en tu mano encuentro cierta paz y que Dios me parece un invento quizá inhumano. Y el silencio se aposenta en mis manos incansables. Tengo palabras que encontré en el vientre de mi madre; lágrimas que heredé del sol; sal que vertí en la milpa. En el dolor me hice humano. Y cuando descubrí una voz amiga, un rostro sincero, hermoso, entonces bebí desde las profundidades de la vida. La amistad me salvó del abismo. Tengo alegrías porque llevo heridas. Y la esperanza surgió de la amargura. También mi padre me obsequió la palabra, la palabra de Gustavo Adolfo Bécquer. En ciertas mañanas descubrí unos versos. Fue aquella infancia un horizonte plagado y terrible. Allí nació este hombre que te escribe. Allí están las raíces de estos verbos que conjugo.
Fijo, tenso en el instante, te heredo mi boca, mi dolor y mi silencio. Este amor desbocado e insumiso; esta noche profunda y esquiva.
Julián González
Fijo, tenso en el instante, te heredo mi boca, mi dolor y mi silencio. Este amor desbocado e insumiso; esta noche profunda y esquiva.
Julián González
jueves, 10 de diciembre de 2009
Exhausto
EXHAUSTO
Exhausto en estas horas.
Mirando el tiempo hundirse en mis manos.
Rimbaud miró a la belleza,
ella quiso ser amarga,
él decidió injuriarla.
Yo invoqué a la esperanza,
soplo de un tiempo venidero,
luz en la turbia infancia.
Rimbaud no quiso besar a la belleza.
Yo renací en la esperanza.
Ahora me hundo en el tiempo
y presiento la muerte,
de vez en cuando.
JULIÁN GONZÁLEZ
Exhausto en estas horas.
Mirando el tiempo hundirse en mis manos.
Rimbaud miró a la belleza,
ella quiso ser amarga,
él decidió injuriarla.
Yo invoqué a la esperanza,
soplo de un tiempo venidero,
luz en la turbia infancia.
Rimbaud no quiso besar a la belleza.
Yo renací en la esperanza.
Ahora me hundo en el tiempo
y presiento la muerte,
de vez en cuando.
JULIÁN GONZÁLEZ
domingo, 6 de diciembre de 2009
Vivo
VIVO
Vivo despertando en la tibieza de tu piel de muchacha,
habitado por la caricia de tu perfume delgado,
hay tantos besos olvidados al borde de la cama,
tantos recuerdos incinerados en la boca de una llama.
Vivo escribiendo trazos que robé con la mirada:
que si la noche no alcanza para verter tanta desgracia,
que si en mi lecho pectoral quedó tu existencia ovillada,
que si junté dolor, cenizas y verbos en mi húmeda estancia.
Vivo husmeando célebres plumas, mentes áureas,
yéndome por la vida, cesto en mano recogiendo palabras,
y toco con mi deseo el andar de tu blanca cintura,
arremolinado en las mañanas, mi voz es sol y tortura.
Vivo para desvivirme en el huerto de los significados,
para mofarme del tiempo con cada verbo enamorado.
Hay tantas historias aullando en mis manos,
tantas bocas, heridas y silencios cabalgados.
JULIÁN GONZÁLEZ
Vivo despertando en la tibieza de tu piel de muchacha,
habitado por la caricia de tu perfume delgado,
hay tantos besos olvidados al borde de la cama,
tantos recuerdos incinerados en la boca de una llama.
Vivo escribiendo trazos que robé con la mirada:
que si la noche no alcanza para verter tanta desgracia,
que si en mi lecho pectoral quedó tu existencia ovillada,
que si junté dolor, cenizas y verbos en mi húmeda estancia.
Vivo husmeando célebres plumas, mentes áureas,
yéndome por la vida, cesto en mano recogiendo palabras,
y toco con mi deseo el andar de tu blanca cintura,
arremolinado en las mañanas, mi voz es sol y tortura.
Vivo para desvivirme en el huerto de los significados,
para mofarme del tiempo con cada verbo enamorado.
Hay tantas historias aullando en mis manos,
tantas bocas, heridas y silencios cabalgados.
JULIÁN GONZÁLEZ
martes, 6 de octubre de 2009
Quizá
QUIZÁ
Quizá me burle de mi muerte,
tal vez conserves ciertas voces,
como se atesora un recuerdo pequeño,
minúsculo,
pero colmado de eternidad.
Puedes encontrarme en las palabras,
signos inmortales,
enigmáticas huellas,
aves de salvación
cuando el abismo devora las entrañas.
Habitaré las que dijeron «gracias»,
«hasta pronto»
o «te quiero».
Sentirás mi fuerza cuando alguien declare
«te extraño», «te amo».
Descubrirás aquellas que guardó mi silencio,
cuando la verdad me pareció una miseria.
Tal vez mi muerte no exista,
quizá dormite en tu gesto
o me quede mirando en tu mirada,
sorbiendo el tiempo en la boca de tus manos.
Tal vez perviva en tus instantes,
como la brisa inesperada,
el recuerdo paciente.
Puedes hallarme en una lágrima,
en el verbo que maldice la infamia,
en el rostro de aquel niño conturbado, miserable.
Yo nací en el dolor, en la sangre que canta,
pero vas a encontrarme donde habite la gracia
donde crece la ira y se funde el amor,
allí donde la noche palpita más plena.
Quizá no haya muerte en las cosas que contemplo,
en las sendas que atravieso,
en el fuego de mi infancia,
en la esperanza emergida en los instantes.
Quizá te herede mis manos,
la inquietud de mi alma.
Y me hallaras nutrido en la nostalgia,
desbordado por el sol, la lluvia y el tiempo
desnudo,
con el rostro renacido en otra fuente,
con el verso y la flor,
mi voz y mi simiente.
Julián González
Quizá me burle de mi muerte,
tal vez conserves ciertas voces,
como se atesora un recuerdo pequeño,
minúsculo,
pero colmado de eternidad.
Puedes encontrarme en las palabras,
signos inmortales,
enigmáticas huellas,
aves de salvación
cuando el abismo devora las entrañas.
Habitaré las que dijeron «gracias»,
«hasta pronto»
o «te quiero».
Sentirás mi fuerza cuando alguien declare
«te extraño», «te amo».
Descubrirás aquellas que guardó mi silencio,
cuando la verdad me pareció una miseria.
Tal vez mi muerte no exista,
quizá dormite en tu gesto
o me quede mirando en tu mirada,
sorbiendo el tiempo en la boca de tus manos.
Tal vez perviva en tus instantes,
como la brisa inesperada,
el recuerdo paciente.
Puedes hallarme en una lágrima,
en el verbo que maldice la infamia,
en el rostro de aquel niño conturbado, miserable.
Yo nací en el dolor, en la sangre que canta,
pero vas a encontrarme donde habite la gracia
donde crece la ira y se funde el amor,
allí donde la noche palpita más plena.
Quizá no haya muerte en las cosas que contemplo,
en las sendas que atravieso,
en el fuego de mi infancia,
en la esperanza emergida en los instantes.
Quizá te herede mis manos,
la inquietud de mi alma.
Y me hallaras nutrido en la nostalgia,
desbordado por el sol, la lluvia y el tiempo
desnudo,
con el rostro renacido en otra fuente,
con el verso y la flor,
mi voz y mi simiente.
Julián González
sábado, 3 de octubre de 2009
Vertido
VERTIDO
Vertido, pensativo, inquieto:
corto con misterio el sabor de las palabras.
Arrojado, sigiloso, fervoroso:
convoco a mi ritual, el de siempre: quejumbroso.
Aterido, en suspenso, combativo:
heredo esta lucha fugaz, minúscula, inmortal.
Cabizbajo, plegadizo, escindido:
amo la noche, el abismo y la muerte puntual.
Callado, erguido, sonriente:
voy del instante hacia nunca, jamás.
Julián González
Vertido, pensativo, inquieto:
corto con misterio el sabor de las palabras.
Arrojado, sigiloso, fervoroso:
convoco a mi ritual, el de siempre: quejumbroso.
Aterido, en suspenso, combativo:
heredo esta lucha fugaz, minúscula, inmortal.
Cabizbajo, plegadizo, escindido:
amo la noche, el abismo y la muerte puntual.
Callado, erguido, sonriente:
voy del instante hacia nunca, jamás.
Julián González
Te recuerdo... niño
TE RECUERDO... NIÑO
Te recuerdo con el agua en tus hombros;
con el cántaro ciñendo tu prematura piel de hombre;
recogiendo la hojarasca con tus ojos de «mañana»;
jugando a vencer aquellos caminos empinados;
sintiendo la dureza de las piedras en tu andar de muchacho.
Te recuerdo con tus manos fecundando los suelos.
El inicio del afán, la raíz de la cosecha:
cuando desnudábamos el vientre de la tierra;
cuando el fuego consumía la “maleza” que venció tu padre;
cuando tus ojos brillaron
entre la negra ceniza que bañó tu cuerpo;
cuando saboreaste la eternidad, bajo el rancho,
devorando el alimento consagrado por tu madre.
Te recuerdo con la siesta en tus ojos,
fina herencia de aquellas horas paternales.
Te recuerdo en la escuela:
tus clases, tus tareas, tus peleas.
Derritiendo charamuscas con tu boca escolar.
En fila, con el olfato cuajado de carnes y arroces.
Aprendiendo entre el griterío infantil
las hileras de jocotes
y la hombría anunciada en cierto peleador.
Te recuerdo sin aliento,
jadeando entre minutos,
sosteniendo el corazón en un instante,
apurando el paso,
sosteniendo la mirada:
por el bus... la hora... el hogar... el temor...
Te recuerdo devolviéndote a tu casa:
contigo... con tus ojos... y tus pasos.
Julián González
Te recuerdo con el agua en tus hombros;
con el cántaro ciñendo tu prematura piel de hombre;
recogiendo la hojarasca con tus ojos de «mañana»;
jugando a vencer aquellos caminos empinados;
sintiendo la dureza de las piedras en tu andar de muchacho.
Te recuerdo con tus manos fecundando los suelos.
El inicio del afán, la raíz de la cosecha:
cuando desnudábamos el vientre de la tierra;
cuando el fuego consumía la “maleza” que venció tu padre;
cuando tus ojos brillaron
entre la negra ceniza que bañó tu cuerpo;
cuando saboreaste la eternidad, bajo el rancho,
devorando el alimento consagrado por tu madre.
Te recuerdo con la siesta en tus ojos,
fina herencia de aquellas horas paternales.
Te recuerdo en la escuela:
tus clases, tus tareas, tus peleas.
Derritiendo charamuscas con tu boca escolar.
En fila, con el olfato cuajado de carnes y arroces.
Aprendiendo entre el griterío infantil
las hileras de jocotes
y la hombría anunciada en cierto peleador.
Te recuerdo sin aliento,
jadeando entre minutos,
sosteniendo el corazón en un instante,
apurando el paso,
sosteniendo la mirada:
por el bus... la hora... el hogar... el temor...
Te recuerdo devolviéndote a tu casa:
contigo... con tus ojos... y tus pasos.
Julián González
jueves, 24 de septiembre de 2009
No soy yo
NO SOY YO
No soy yo,
soy la fuerza de voces esparcidas
frente al sol, entre la lluvia,
en la boca del desierto
y en algún sendero de tu alma inquieta.
No soy yo,
soy veneno trasmutado en la agonía,
grietas de un sueño inconcluso,
rumor de muertos,
sangre que agoniza.
No soy yo,
soy lucha nacida de otros huesos,
el dolor renovado en la protesta,
las raíces que inventan el instante,
la magia o el terror
socavando tu presente.
No soy yo,
soy palabra infinita, combativa,
Amor que quiere ser Justicia,
verso enamorado,
infernal, maldito.
Despojo soy para este tiempo,
poema en el otro, el que sueño.
Julián González
No soy yo,
soy la fuerza de voces esparcidas
frente al sol, entre la lluvia,
en la boca del desierto
y en algún sendero de tu alma inquieta.
No soy yo,
soy veneno trasmutado en la agonía,
grietas de un sueño inconcluso,
rumor de muertos,
sangre que agoniza.
No soy yo,
soy lucha nacida de otros huesos,
el dolor renovado en la protesta,
las raíces que inventan el instante,
la magia o el terror
socavando tu presente.
No soy yo,
soy palabra infinita, combativa,
Amor que quiere ser Justicia,
verso enamorado,
infernal, maldito.
Despojo soy para este tiempo,
poema en el otro, el que sueño.
Julián González
jueves, 17 de septiembre de 2009
Descubro
DESCUBRO
Descubro las huellas de tu amor:
la ternura de tu piel debajo de la sábana,
la tibieza de tus labios que hurto en el alba,
este instante excitado, gozoso.
Me acontece un tiempo-puerta,
una idea,
la brisa,
palpo tu gesto enamorado,
la música en tu alma cuando me besas,
tu ilusión cuando piensas en «mañana»,
como si en mis ojos anidara tu sueño,
como si en mis manos
descubriste tu tiempo,
tu espacio.
Descubro tu mirada de ángel eterno,
en silencio,
en tu ausencia,
tu caricia permanece en mi instante
y tu boca se enreda en mis palabras,
eres el ritmo de estas voces matutinas,
habitas cada rincón,
mi voz
y mis silencios,
cada textura de mis pasos.
Y te heredo mi lenguaje,
frágil en los verbos que articula,
fugaz en cada palabra,
sin fama ni gloria,
pero eterno en su raíz.
En mi instante,
en tu tiempo,
reposada en mi día,
en las noches y los sueños
habitas esta mirada.
Julián González
Descubro las huellas de tu amor:
la ternura de tu piel debajo de la sábana,
la tibieza de tus labios que hurto en el alba,
este instante excitado, gozoso.
Me acontece un tiempo-puerta,
una idea,
la brisa,
palpo tu gesto enamorado,
la música en tu alma cuando me besas,
tu ilusión cuando piensas en «mañana»,
como si en mis ojos anidara tu sueño,
como si en mis manos
descubriste tu tiempo,
tu espacio.
Descubro tu mirada de ángel eterno,
en silencio,
en tu ausencia,
tu caricia permanece en mi instante
y tu boca se enreda en mis palabras,
eres el ritmo de estas voces matutinas,
habitas cada rincón,
mi voz
y mis silencios,
cada textura de mis pasos.
Y te heredo mi lenguaje,
frágil en los verbos que articula,
fugaz en cada palabra,
sin fama ni gloria,
pero eterno en su raíz.
En mi instante,
en tu tiempo,
reposada en mi día,
en las noches y los sueños
habitas esta mirada.
Julián González
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