viernes, 28 de agosto de 2009

Ernesto Sabato: "testigo insobornable"

[RESEÑA]


Ernesto Sabato, Antes del fin, Seix Barral, Buenos Aires, 2006.

Sin afán de escribir con mayúsculas aquellos momentos decisivos de su existencia, Sabato nos hereda en su breve, pero esencial autobiografía, toda una visión del mundo. Algo así como una radiografía imprescindible del siglo XX. Hablando con más precisión: su obra se presenta como un juicio imprescindible sobre los excesos de la razón instrumental moderna.

En su primera formación se consolidó como físico-matemático. Trabajando en ese campo, declara, “experimentó” la seguridad del mundo de las ideas de Platón. Pero justamente de su desempeño en el ámbito de la matemática y de la física se desencadenó, en buena medida, la indomable pasión por el arte. De contemplar las “formas puras” de la matemática y las “leyes duras” de la física pasó a ser actor, autor y escritor de los desgarramientos más profundos de la existencia humana. Cuenta en su libro que cuando trabajó en el Laboratorio Curie (Francia), durante el día se entregaba con diligencia a la investigación que la ciencia demandaba, pero durante la noche entraba en las regiones del alcohol, las conversaciones metafísicas y en el mundo de la belleza de los surrealistas. Así lo expresa: “Durante ese tiempo de antagonismos, por la mañana me sepultaba entre electrómetros y probetas, y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas.” En esas noches el arte comenzó a seducir a aquel científico argentino.

Después de haber soportado burlas, desprecios y carencias económicas —hechos que nunca se cansan de perseguir a los genios—, salió a la luz pública, en 1948, su primera novela: El túnel. Cuenta que la historia de esta obra comenzó en Francia, en un momento terriblemente oscuro y abismático. Tras su publicación inmediatamente recibió el apoyo de Albert Camus, intelectual con quien luego charlarían sobre asuntos metafísicos y cuestiones de ética, según Sabato. Al mismo tiempo reconoce que varias obras terminaron consumidas por las llamas, pues siempre vivió con esa tendencia a incinerar sus propias creaciones. Hecho que también reconoce en las palabras preliminares de Sobre héroes y tumbas (1961), considerada su obra magna, así como también, la mejor novela argentina de los últimos tiempos. En su libro también reconoce que durante todo su periplo hasta llegar a la publicación de El túnel —y, por supuesto, durante casi toda su vida— Matilde Kusminsky Richter, su esposa, fue la eterna compañera en todas las batallas. Ahora, tras la muerte de ella y de su hijo Jorge Federico, sobrevive entre la soledad y sus pinturas.

Heredero de Pascal, Kierkegaard, Nietzsche, Kafka, Dostoievski, Stendhal, Faulkner, entre muchísimos otros, Sabato elabora en su autobiografía un crítica dura, certera y humana al mundo globalizado de hoy. Nacido en 1911, conoció las barbaries del nazismo durante la segunda guerra mundial; como comunista quedó nauseabundo cuanto constató los horrores del estalinismo; también lo marcó su participación en el informe argentino Nunca más (conocido también como Informe Sabato). Cuenta que las dactilógrafas en ciertos momentos tenían que ser sustituidas, pues caían presas del llanto al irse enterando de las brutalidades de la dictadura argentina. También critica lúcidamente las perversiones en la educación contemporánea. Evoca su época de formación en la que Argentina disponía de grandes y respetados intelectuales: científicos, humanistas, literatos, etc. Ahora ve con tristeza cómo la educación según el esquema de “comportamientos estancos” impide desarrollar un pensamiento crítico y de visión global. También arremete contra el énfasis desmedido en la formación informática. Se forma no en función del ser humano, sino de las máquinas.

Sabato, pues, es un testigo clave, imprescindible e insobornable para enjuiciar este mundo donde la injusticia, la miseria y la estupidez campean de forma obscena. Muy convencido de que al hombre moderno aún le falta que corregir la desmesurada confianza que depositó en la ciencia y la técnica. Para el novelista argentino las obscuridades, las tormentas y las esperanzas del corazón humano poco o nada entienden de la lógica científica. Por ello no se deben castrar ciertos saberes en beneficio de otros. Él encontró en el arte una mejor comprensión del ser humano, así como también una denuncia implacable contra la deshumanización y la barbarie que produce el homo sapiens sapiens. Prueba de ello son las siguientes palabras sobre el filósofo Émile Cioran: “Tengo la convicción de que su dolor metafísico se habría aliviado si hubiese podido escribir ficciones, por su carácter catártico, y porque los graves problemas de la condición humana no son aptos para la coherencia, sino únicamente accesibles a esa expresión mitopoética, contradictoria y paradojal, como nuestra existencia.”

Al final de su autobiografía Sabato propone un «Pacto entre derrotados», ésta propuesta sitúa al novelista argentino en esa franja de intelectuales como Walter Benjamin, Max Horkheimer y Hannah Arendt. Y en las siguientes palabras resuenan las preocupaciones filosóficas de Emmanuel Lévinas: “Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia.”

Héroe de ficciones y humanista profundo, Sabato vendría a ser, utilizando términos del filósofo español Reyes Mate, otro «avisador del fuego». Las siguientes palabras del novelista confirman esta idea: “Una de las misiones de la gran literatura: despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo” (El escritor y sus fantasmas). Pero no cae en la desesperanza; cree en los jóvenes, en la lucha por un mundo más humano, en la creación artística, en la utopía encarnada, etc. Así finaliza su autobiografía: “Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario